A continuación, proseguimos con las características necesarias para crear personajes convincentes:
Coherencia.
A no ser que tu personaje se trague alguna poción que lo convierta en Jekyll y Hyde, no hagas que se comporte de una manera durante la mayor parte de la historia y de repente, al final, cambie completamente. Todas las acciones y comportamientos del personaje tienen que parecer auténticos y deben basarse en lo que hayas ido estableciendo para él durante toda la historia. Aunque es importante que el personaje tenga cualidades que contrasten entre sí, incluso que se contradigan, su caracterización debe ser coherente.
Los personajes pueden hacer algo que no les pega siempre y cuando mostremos a nuestros lectores un atisbo de esa tendencia con antelación. Si un personaje tímido que suele jugar siempre sobre seguro hace algo valiente o arriesgado, el lector necesitará ver, antes de que ocurra, que ese cambio de carácter entra dentro de sus posibilidades.
La capacidad de cambiar
Los personajes deberían poseer la capacidad de cambiar y el lector debería poder percibir ese potencial. El cambio resulta especialmente importante en el protagonista de la historia. Igual que el deseo del protagonista actúa como motor narrativo, el cambio es a menudo la culminación de la historia. Durante la historia el protagonista suele cambiar bien de un modo dramático o de una manera suave, a veces casi imperceptible, pero eso no significa que deba hacerlo al final de la historia ni que el cambio deba ser completo y absoluto. Sin embargo, el lector debería sentir que el personaje es capaz de hacerlo mientras dura la historia, que tiene la opción de hacerlo. Si no se le da al personaje el potencial para cambiar, resultará alguien predecible y el lector pronto perderá el interés.
Tipos de personajes
No todos los personajes deben desarrollarse con la misma profundidad. Tu principal preocupación respecto a la caracterización deben ser los personajes más prominentes de tu relato. Está claro que son quienes más se deberían desarrollar. Esto resulta especialmente vital en el caso del personaje principal de la historia, el protagonista. Todos los aspectos y dimensiones que hemos comentado —deseo, complejidad, contraste, coherencia, cambio— entran en juego sobre todo en lo que se refiere al protagonista de la historia.
A veces las historias incluyen un antagonista, una persona que plantea un formidable obstáculo contra el deseo del protagonista. El antagonista no tiene que ser necesariamente el malo de la historia.
Los personajes secundarios son como los actores y actrices de reparto. Algunos estarán sujetos a algo del nudo pero no de la misma intensidad que los personajes principales. El truco con los pesos ligeros de tu historia consiste en encontrar unos pocos detalles definidores que realmente capturen su esencia. Los personajes planos son los que solo están caracterizados por su papel o por una pequeña acción. No tienen por qué ser malos; es importante permitir que los personajes más pequeños sean planos. Si les diéramos más forma tendrían un peso emocional que llevaría al lector a equívoco o apartaría el foco de las estrellas de la narración.
Mostrar y describir
La pregunta clave sigue siendo: ¿cómo ponemos sobre el papel a personas aparentemente reales y las dotamos de humanidad sin utilizar sangre, carne ni músculos, tan solo palabras? Hay dos maneras básicas de crear un personaje de ficción: mostrar y describir. A veces lo más eficiente es que el narrador simplemente describa el personaje para el lector
Mostrar la información es mucho más interesante que describirla, y haciéndolo se le brinda al lector la posibilidad de tener una mayor participación activa en la lectura. El grueso de la caracterización debería centrarse en mostrar los personajes al lector.
Por ejemplo:
Greta es una artista y diseñadora de interiores de veintitrés años a quien no le gusta tener compañeros de piso.
La información básica sobre Greta está sobre la mesa y podemos pasar a otra cosa. En este ejemplo de descripción sobre Greta el lector descubre su nombre, su edad, sus ocupaciones y que no le gusta tener compañeros de piso. Sin embargo, en la mayor parte de los casos resultará más potente mostrar la personalidad de Greta en lugar de simplemente describirla. El truco de mostrar en lugar de describir consiste en revelar los detalles específicos que transmitan la información necesaria mientras la atención del lector siga centrada en las emociones y las acciones del personaje, en lo interesante. Por ejemplo: Tras una estresante semana en el establecimiento del señor Feinmen, experimentando con materiales que pudieran convertir su vestíbulo delantero en una cueva de bajos techos, Greta se sentó en un apartado rincón del café a beber su té. Si su compañera de piso se iba a pasar la noche fuera, podría disponer de algo de tiempo para experimentar con el modelado de la malla de alambre y crear marionetas de esqueletos.
quiere toda una vida.
Hay cuatro formas de mostrar los rasgos de un personaje:
• Acción
• Habla
• Apariencia
• Pensamiento
Estos cuatro métodos te permiten mostrar a los personajes en toda su gloria multidimensional.
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El ejercicio de esta semana es:
Estás en la típica situación embarazosa, en que te encuentras dentro de un ascensor rodeado de desconocidos esperando a llegar a tu planta. Cuando de repente un hombre aprieta el botón de emergencia, para el ascensor y dice: "Me apuesto lo que sea a que os preguntaréis porqué os he reunido a todos aquí hoy."
JULIANA:
EL VENDEDOR DEL ASCENSOR
Poco puedo contar de mi vida, soy un hombre de vida ordenada y plácida. Por eso creo que el evento me disgustó tanto. A las 9 de la mañana, salgo como todos los días hacia la calle Mirador para comprar el pan en la panadería Vicente, luego giro a la izquierda en la calle Colón para comprar el periódico, la lotería y el tabaco en el estanco y al lado tenemos la farmacia Monterols en la que compro mis pastillas. A veces tomo la calle Salinas para acercarme a correos si es menester y si no, vuelvo tranquilamente a casa. Esta es mi rutina. Ese miércoles en concreto, teníamos un día de clima cambiante: cuando el sol brillaba, hacía calor y cuando las nubes lo tapaban hacía frío. Así que decidí acelerar la vuelta, aunque la señora González me entretuvo durante unos diez minutos preguntando por la salud de todos mis familiares hasta que conseguí dar por terminada la conversación.
Cuando llegué al rellano de mi edificio, vi que la puerta del ascensor estaba a punto de cerrarse, y en un impulso poco habitual en mí, que solo puedo explicar por la prolongada exposición a los cambios bruscos de temperatura de aquel día, vociferé que me sujetaran la puerta, por favor.
Una vez dentro, saludé a los dos vecinos que me contestaron con un murmullo y a un desconocido trajeado y grandote que ocupaba la mitad de la superficie y probablemente consumía dos tercios del aire disponible a juzgar por el resuello que emitía al respirar.
Con aire bonachón me preguntó a qué planta me dirigía y pulsó él mismo el botón, dado que su cuerpo tapaba todo acceso a los mandos.
Luego vino estos habituales y embarazosos instantes de ascensor en los que cada uno dirige la mirada a una esquina del techo, procurando no cruzar la mirada con nadie y contando los largos segundos hasta llegar a su planta.
Entonces, el gigante -en un rápido gesto que no hubiese creído posible en esos gruesos brazos-, pulsó el botón rojo de emergencia, paró el ascensor y dijo:
-Me apuesto lo que sea a que os preguntáis porqué os he reunido a todos aquí, hoy.
Nuestros ojos hicieron un recorrido sincronizado, del techo al hombre que seguía exhibiendo aquella amplia sonrisa que ahora se me antojaba inquietante y del hombre hacia el resto de los vecinos con un gran signo de interrogación en el semblante.
Nadie parecía conocerlo, pero antes que tuviéramos tiempo de plantar alguna objeción, el hombre abrió el maletín que llevaba en la mano con gran pericia y anunció:
-Ahora que tenemos un momento tranquilo, permítanme que les presente algunos de los mejores inventos del siglo patentados por el señor aquí presente -se señaló a sí mismo y bajó la cabeza con un gesto de falsa modestia-, veamos a ver…
Miró a su alrededor y vio que yo llevaba un paraguas en la mano, me lanzó otra de sus radiantes sonrisas y me dijo:
-Veo que es usted un hombre previsor. Estoy seguro que consulta el tiempo antes de salir de casa ya que un hombre elegante como usted no está dispuesto a mojarse y mancharse con las salpicaduras de los neumáticos, estoy en lo cierto?
Asentí con la cabeza, aún conmocionado por la situación.
-Claro que sí, pero el paraguas convencional solo protege contra la lluvia cuando no hace viento o uno no se acerca demasiado a un vehículo en movimiento. Sólo protege la cabeza, sólo eso y aún así ni siquiera lo hace bien, en cambio con esto…
El hombre sacó de su maletín un paraguas envuelto en una capa de plástico transparente.
-Permítanme por favor caballeros, apártense un poco..
Acabamos estrujándonos los unos a los otros en una esquina del ascensor.
Abrió el paraguas y se lo puso encima de la cabeza con un gesto triunfal.
El hombre se hallaba envuelto en un velo transparente que salía del mismo paraguas y llegaba hasta el suelo.
-¡Voilà! Pueden adquirir esta maravilla del ingenio humano por el módico precio de 39,90 euros y ser la envidia de todos los transeúntes de la ciudad.
Se nos quedó mirando expectante pero algo vería en nuestras expresiones vacías, que lo impulsó a cerrar el paraguas y bajar la mirada hacia su maletín.
-Les dejo un momento para reflexionar, señores. La verdad es que aquí dentro hace más bien calor. Están ustedes muy rojos.
Usted señor -dijo, recuperando su entusiasmo y señalando a un hombrecillo con cara de liebre asustada, un hombre al que yo conocía como al del quinto tercera-, está sudando.
Todos le examinamos con más atención, y efectivamente, estaban cayendo unas gotas de sudor por la sien del pobre hombre, que para agravar su bochorno, se puso rojo como la nariz de un payaso al notar todos esos ojos sobre él.
-Pero no se preocupe, es normal. Hace calor. Sin embargo, un hombre no puede subirse a un ascensor tranquilo si no sabe qué clase de emanaciones salen de su cuerpo. Pero aquí tenemos - sacó como un mago de una chistera, un aparato electrónico negro con un mango en el que había una pantalla retroiluminada y de él salía una especie de termometro digital de gran tamaño-, ¡el detector de malos olores! ¡29 con 19 euros!
El Señor Pérez, el vecino que llevaba por lo menos treinta años viviendo en el tercero primera y yo, intercambiamos unas miradas divertidas, y ambos procuramos evitar mirar al quinto tercera, pues efectivamente estaba empezando a oler a sudor.
-Sí, lo sé, -continuó el mercachifle, ajeno a la conmoción que estaba causando- cuando uno oye esto, le parece lo más natural. ¡Un detector de malos olores! ¡Cómo no tengo esto en casa! ¡Cómo puede ser que no se haya inventado hasta ahora algo así! Cierto…es increíble, estoy de acuerdo.
Permítame que le demuestre cómo funciona este útil aparato. Y lo acercó a la axila del quinto tercera, tras lo cual el aparato empezó a emitir unos pitidos desagradables y a subir rapidamente una escala de colores parpadeantes que iban del verde al amarillo para acabar en un rojo intenso.
El quinto tercera se puso tan rojo, que temimos que le iba a dar una apoplejía pero en lugar de eso empezó a chillar:
-¡Tengo claustrofobia! ¡Déjeme bajar del ascensor ahora mismo!-dijo, mientras se lanzó contra el hombre en busca de un hueco para poder acceder a los botones de apertura de puertas, pero el corpachón del otro se interpuso como una mole y con la misma asombrosa rapidez que antes, le plantó frente a él, un ventilador de mano eléctrico.
-Entonces a usted lo que le hace falta es esto! Se refrescará y se calmará a la vez.
El señor Pérez acuciado por el pánico que notó en la voz de nuestro vecino, alzó la voz y gritó:
-Esto es intolerable. Le exijo que nos deje salir de aquí si no quiere que le denunciemos a la policía.
Pero nada hacía perder la compostura a aquél hombre, que contestó, presto:
-¿Bajo qué artículo de qué código?
-¿Cómo dice usted?-contestó el señor Pérez.
-Bueno, si quiere usted denunciar, cosa que tiene todo el derecho a hacer cuando alguien le cause una injuria, una lesión o un daño, debe por lo menos saber a qué código del ordenamiento jurídico se acoge, a qué ley de este código, y a qué artículo de este código. Es así. Suerte de que aquí tengo el código civil en un sólo volumen publicado por la prestigiosa editorial Espasa y debidamente actualizado a un precio de risa, la verdad, por ser usted, porque veo que se trata de un ciudadano preocupado: 59, 99 euros.
Todos hablamos a la vez.
-¡Déjeme salir, se lo suplico!
-¿Está usted loco?
-Socorro! ¡Llamen a la policía!
-¡Cállense de una vez!- gritó el hombre con voz estertórea.
Se hizo silencio en el ascensor.
Nos miró con un mohín ofendido en la cara, y señalando con el dedo a cada uno de nosotros dijo en tono de profesor:
-¿No ven que hay una forma muy fácil y sencilla de salir de aquí? Compren, almas de cántaro, compren!
Han pasado 17 semanas desde esta terrible experiencia pero aún no me he recuperado.
Voy por la calle mirando de reojo a todos los transeúntes y cuando me cruzo con un hombre fornido vestido con traje y maletín, se me acelera el pulso, me entran temblores y me tengo que sentar en un banco hasta que se me pasa el sofoco.
Por supuesto, al día siguiente resolvimos, el señor Perez, el señor Vilalta, que es el verdadero nombre del quinto tercera y yo, acercarnos a la comisaría más cercana y presentar denuncia. Teníamos los datos de nuestro torturador puesto que amablemente nos dio una tarjeta a cada uno antes de irse porque todos sus productos tenían dos años de garantía. Pero en cuanto le entregamos la tarjeta con el nombre al policía, éste suspiró y sacó de su cajón un taco de tarjetas iguales. El señor César Claudio no respondía al número de teléfono anotado en la tarjeta y no estaba en ningún archivo policial. Con toda seguridad, no se trataba de su verdadero nombre.
Al principio de forma casual, y luego de forma planeada, nos fuimos encontrando los tres en el ascensor. La verdad es que es muy sanador, hablamos de aquel día, compartimos nuestras experiencias, nuestros temores. Sabemos que el otro nos comprende de una manera que nuestras familias no entienden. Son los miércoles de terapia. El señor Vilalta ha llorado sobre nuestros hombros confesando el trauma que supuso a lo largo de toda su vida la sudoración excesiva, aunque debe reconocer que el detector de olores, es bastante útil y está ayudando mucho a tener confianza en sí mismo. Yo comparto mis pesadillas. Hemos llegado a la conclusión que tengo que dejarme ir, no querer controlarlo todo, salir a la hora que me apetezca sin saber qué tiempo hace fuera ni qué hora es. Yo también debo confesar que gracias al paraguas completo y al ventilador eléctrico me veo más capaz de seguir sus consejos. El señor Perez por otro lado ha decidido superar la indefensión que le causó esta terrible experiencia apuntando a derecho. El primer libro por lo menos ya lo tiene, dice con ironía. Nosotros estamos muy orgullosos de él.
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CONCHI:
EL ESCAPE-ROOM DEL SR JEFFERSON.
Gisele, Markus, Patrick y Tommy hoy han recibido los cuatro
una llamada misteriosa. Les han citado en Manhattan, en uno de los edificios
mas altos de la isla. Parecía importante y por eso han acudido todos. Se
dirigen al ascensor para llegar a la cuarta planta donde les han citado. Se
saludan cortésmente. No se conocen. Es normal, en las grandes ciudades nadie se
conoce. En el ascensor hay un señor muy trajeado y les saluda. Al preguntar el
señor a que piso van, todos al unísono responden a la cuarta, por favor. A los
pocos segundos de moverse el ascensor, el señor trajeado, aprieta el botón de stop.
Todos se miran extrañados y con un poco de miedo.
-No se preocupen señores, yo soy la persona que os ha citado.
Soy Remi, el abogado del Sr Jefferson, y tengo que verificar sus identidades.
Se miran todos atónitos. Pero quien es el señor Jefferson,
se preguntan todos.
El Sr Jefferson es vuestro abuelo, un señor muy excéntrico,
que se casó con cuatro mujeres, pero no mantuvo contacto ni con ellas, ni con
sus hijos. Pero quiere demostraros que no era tan egoísta y quiere jugar con vosotros.
Si aceptáis el juego, tendréis una recompensa, una parte de sus bienes en
herencia, pero antes tenéis que demostrar que sois vosotros. Vuestro abuelo
indagó sobre vosotros y vuestros estudios.
-Tú, Gisele, te graduaste en Filología Española, para saber
de tus raíces, tu madre era española.
-Tú, Markus, te especializaste en Matemáticas y eres un
genio en astronomía.
-Tú, Markus, estudiaste Historia del Arte, trabajas en el
Louvre y cooperas con muchas universidades del mundo.
-Y tú Tommy, sé que eres muy hábil, un manitas y sin
estudios has conseguido ganarte bien la vida, tu intuición es muy valiosa y tu
cerebro va a mil por hora resolviendo acertijos.
El juego es el siguiente. Entraremos en una sala donde hay
cuatro puertas. Para poder abrirlas tenéis que resolver acertijos. Podéis ir
cada uno por separado o los cuatro juntos.
Solo hay dos reglas: no tocar nada hasta saber la respuesta correcta,
y la más importante no intentéis hacer trampas. Todas las salas están
monitorizadas y yo estaré detrás de las cámaras.
Automáticamente perderíais todos, la opción de la recompensa,
sea cual sea el que haga la trampa.
Se quedan todos boquiabiertos, indecisos. Gisele que es la
mas alegre de todos ellos, les pregunta:
- ¿qué hacemos?
y alguno mas
reticente que otro, no da crédito, pero como todos parecen dispuestos, deciden
empezar todos juntos.
Remy les cita en su despacho en dos horas. Y añade divertido:
-Siempre y cuando no os quedéis encerrados y tenga que venir
a buscaros.
Entran en la primera sala. Al fondo un árbol enorme con una
escalera de un peldaño y a la derecha un biberón.
Se escucha una voz en off:
- Si al árbol le quitamos la escalera encontraremos a la
señora que os cuidó de pequeños.
Gisele reacciona rápido.
- Creo que esta es mía, es un juego de palabras. La escalera
es una hache y el árbol una haya. Si le quito la escalera, tendré una aya con
un biberón.
Al decir las dos palabras sale una holografía del aya que
tuvo de pequeño y se oye un clic y se abre la siguiente puerta.
En esa sala hay una pizarra con dos tizas. Escrito en la
pizarra solo hay un 1 y un 100.
Vuelven a escuchar una voz en off: cuantos números 1 hay del
1 al 100.
-Bueno- dice Markus, - creo que me toca a mí.
Se dirige a la pizarra y esta a punto de coger una tiza y
Tommy le corta el paso:
-No toques la tiza hasta que no estes seguro de la solución.
Markus se siente
ultrajado y desafía a Tommy,
- ¿Por qué no me dejaste coger la tiza?
-Markus enfadado, contesta: es fácil :21,31,41, etc.
Tommy lo mira serio:
- Yo no soy matemático, pero sí sé que es una trampa, creo
que solo hay un numero 1, el 1. Los demás son números compuestos por el numero
1 y otros números.
Markus se rasca la nuca y piensa que se ha equivocado.
-Tienes razón Tommy, tengo que reconocer que eres rápido.
Markus coge la tiza y escribe 1 en un círculo, y
automáticamente se oye el clic de la puerta.
En la siguiente sala no hay nada. La voz en off les dice:
-Tenéis a la Monalissa enfrente. Donde apunten sus ojos está
la puerta. Cuando estéis seguros tocad la pared a la altura de los ojos y se abrirá.
Le toca a Patrick.
-A ver la Monalissa
mira a la izquierda, es fácil-
A punto de tocar la
pared, Tommy le para.
-Pero recuerda que la tienes de frente, por lo tanto, sus
ojos estarán a tu derecha.
-Vaya, -dice Patrick-eso me pasa por estar distraído, no
escuche bien la voz.
Se dirige a la pared
de la derecha y de nuevo hace clic y se abre la puerta.
Pasan a la siguiente y ultima sala.
Encima de un podio hay un hexágono de colores. Y en el techo
un tragaluz.
Escuchan de nuevo la voz en off:
-Tenéis que hacer que el hexágono haga brillar el tragaluz,
con solo 3 movimientos.
Todos están estudiando el hexágono y los colores, pero Tommy
que es un manitas ya lo ha averiguado.
-Fijaros que hay de todos los colores, pero solo hay uno transparente.
Si conseguimos que el transparente toque la luz de la sala reverberara en el
tragaluz.
-Madre mía-dice Gisele-eres un crac, yo ni lo habría imaginado.
Ahora hay que moverlo.
Tommy con dos posiciones, encara el hexágono y sale un rayo
de luz disparado al tragaluz y clic se abre la última puerta.
Están realmente extenuados, confusos, y agradecidos a Tommy
por sus intuiciones.
Remi les está esperando.
-Enhorabuena habéis conseguido salir. Veo que sois nietos
del Sr Jefferson, habéis disfrutado jugando y formado un buen equipo.
Vuestro abuelo os ha dejado a cada uno, una de sus casas
favoritas.
A ti Gisele, la masía de España, donde vivió con tu abuela,
en la costa brava, un castillito en Cadaqués.
A ti, Patrick, te regalo el observatorio de Mama Kea en Hawái,
nuestra casa de tu abuela y mía cuando íbamos de vacaciones. A ella también le
gustaban las estrellas.
A ti Markus, nuestra casa palaciega en Florencia, para que
disfrutes del arte de esa bella ciudad, como decía tu abuela, la más bella del
mundo.
Y a ti Tommy, te deja su rancho en California, para que
corras muchas y divertidas aventuras con tus nietos y juegues como yo no pude
hacerlo con vosotros.
ELADIA:
LA GRAN EVASIÓN.
Estoy agotada, deseando finalizar mi jornada laboral. Llamó a mis padres para que se ocupen de mis pequeñas. Mi esposo en viaje de trabajo no puede ayudarme, debería estar habituada a sus largas ausencias pero cada vez añoro más su presencia.
Ansío ese cuerpo poderoso. El calor que desprende. El contacto dulce de su piel, su respiración sobre mi cuello en la noche, su voz relajante, observo a mi alrededor como el mundo se robotiza, los sentimientos se han disipado a fuerza de represión, prima la eficacia y la sumisión, el sistema nos aglutina y nos mueve en una única dirección, con un pensamiento aislado y globalizado.
En mi familia luchamos por compartir pensamientos y emociones. Nos abrazamos y besamos cada vez que sentimos la necesidad, todo ello a escondidas, fingiendo frialdad.
Formamos parte de una organización clandestina que lucha por salvaguardar la inteligencia emocional y aunarla a la imperante en nuestra sociedad, que es la científica y así lograr que nuestra tierra retorne a la época de la humanización. Tomo el último autobús flotante y me dirijo al centro burocrático, visualizo la gran puerta metálica y accedo al ascensor con capacidad para doscientas personas. Me colocó en el lugar asignado, separado de los demás por señales que delimitan mi zona de confort." Prohibida la interacción táctil". Esa es una de las normas sagradas de nuestra cultura. Ascendemos cuando un joven detiene el elevador pulsando la tecla de emergencia y nos anuncia que nos ha reunido en este lugar para informarnos sobre un peligro trascendente para todos. A continuación, activa una palanca escondida en un panel y descendemos a gran velocidad durante horas.
El silencio, la respiración desbocada, el asombro y el pánico nos invade, nos miramos atónitos e intentamos reconocernos, hombres y mujeres de todas las edades, atrapados en aquel cajón enorme en la profundidad de nuestra ciudad, las colosales puertas dan paso a una red de galerías de altísimos techos, excavados en la roca.
Tomamos un rápido vehículo que nos transporta a través de una intrincada red de túneles laberínticos hasta llegar a una ciudad subterránea, parecida a aquellas que había contemplado en la videoteca.
Una sensación de paz me envuelve, caminamos por lagos rodeados de vergeles, donde las flores más vistosas lucían sus arcoiris cromáticos, los árboles de cuyas ramas pendían las frutas más sabrosas, las pequeñas casitas rodeadas de jardín donde hombres, mujeres y niños nos saludaban con tiernas sonrisas.
Todos sus movimientos armonizaban con el paisaje, un sol artificial calentaba la atmósfera; el bello joven del ascensor nos reunió en una gran nave oval y acercó un artilugio a su boca para potenciar su voz.
Amigos. Conocemos vuestra insumisión a través de nuestras redes informáticas de espionaje, hace muchísimos años que comenzamos a construir lo que habéis descubierto, lo hicieron los padres de nuestra organización. Ciudades subterráneas en todo el orbe, comunicadas por largas vías, preparando la salvación de nuestra especie y ahora, el tiempo de seguridad finaliza para muchos de nosotros; todos debemos esforzarnos en liberar al mayor número de personas.
Por desgracia, muchos quedarán al margen y el peligro que nos acecha en el intento es extremo, puede que esto les mueva a continuar con sus anteriores vidas, son libres para elegir; piensen que su decisión nos atañe a todos. El alto riesgo al que nos enfrentamos será más leve si permanecemos unidos y leales a nuestra causa.
Nos han comunicado que una vez más, como viene ocurriendo desde tiempos memorables, el sistema planea un recorte de población mundial, los recursos escasean, los dirigentes están enviando naves hacia ciudades espaciales, evacúan al personal que atienda sus necesidades y a los grandes cerebros.
La élite gobernante se salvará, la tierra será bombardeada por un nuevo virus que, como en anteriores ocasiones, atacará a los débiles, sobrevivirán los mejores adaptados que darán lugar a nuevas generaciones de masas productivas.
Nuestra misión, rescatar en grupos al mayor número de personas sin levantar sospechas; será difícil convencer, que confíen en nosotros, contamos a nuestro favor con las grandes penurias que han vivido, el horror del recuerdo experimentado por el contacto con otros virus y la calamitosa existencia de la población mundial. Todos debemos recuperar la esperanza en el futuro.
Debemos ser cautos, sabemos lo que nos espera si nos descubren; el pánico se apoderó de mi cuerpo, era imposible hablar en privado con mi esposo, todas nuestras interacciones serán controladas por los sistemas superiores mientras regresaba a mi apartamento imaginaba que podía hacer para avisarle del peligro.
Y llegó la temida noche, la imagen virtual de mi esposo llenó la habitación y mediante gestos escondidos envíe mensajes que habíamos empleado al principio de nuestra relación para burlar a la censura. Disimulamos, el gran amor que compartíamos. Mis ojos, mis manos y todo mi cuerpo se empleó en aquel lenguaje absurdo.
Él me observaba con curiosidad, intento decir que debe regresar con urgencia, me contesta que es imposible abandonar su misión, le ruego que contacte con personas de nuestra organización.
No comprende, le repito,” peligro”,” peligro “ varias veces, sigue estudiando mi rostro, seguimos disimulando, hablando de las niñas y de su experiencia en las nuevas técnicas, aunque no puede hablar de su trabajo.
Nos despedimos, como siempre, anhelando nuestros contactos físicos. El tiempo programado finalizaba y rogué para que mi advertencia lo movilizará.
Llamo a mis colegas, mis amigos, familia, mutua y los reúno en un en un sótano acorazado proporcionado por nuestros compañeros, y expongo los hechos y el peligro que nos acecha si nos descubren, el día que debemos reunirnos para huir será desvelado horas antes de la partida.
Insisto en ampliar la búsqueda, necesitamos captar a mandos intermedios y superiores de máxima confianza ,la respuesta es unánime, se involucran en la causa.
Cada noche consigo ampliar mi lenguaje secreto con mi pareja, asiente, comprende la gravedad del problema, responde a mis palabras, está preparando el camino, pero no será fácil.
Retorno a mi trabajo como genetista, mi mejor amigo, casi mi hermano; Lizán me espera, como siempre, mostrando el material necesario para nuestros estudios y aprieta mi mano, ha sido informado por su esposa, él no acudió a la reunión, por su alto cargo a nivel estatal era espiado sin interrupción, me lanzó una sonrisa comprensiva.
Es la persona más fiel que conozco, un excelente compañero, padre y esposo.
Continúo mis reuniones con personas captadas; Lizan moviliza a un número extraordinario y todos estamos satisfechos de la marcha de nuestra campaña. Aquel jueves veintiocho de enero de mil novecientos cuarenta, el día de la cita, caminaba apresuradamente hacia el lugar convenido, cuando observo a mí alrededor movimientos de fuerzas, silencio y quietud extrema en las calles.
Todo mi ser captó el peligro inminente y continué mi camino hacia otra dirección con gran naturalidad.
Cien personas fueron encarceladas, torturadas y desaparecidas después y entre ellas, mi adorado Lizán, mi incondicional camarada.
Las siguientes semanas transcurrieron, temiendo ser delatada, solo mi gran colega, conocía mi identidad. Conocía el suplicio que soportaban en las prisiones, el dolor al pensar en lo que tendría que soportar antes de su muerte, me nublaba la conciencia. Envié a mis hijas con mi familia a un lugar recóndito en zona boscosa, donde la localización era casi imposible, y retomé mi labor de captación, cambiando el lugar de las citas cada momento y al fin; el día señalado para dirigirnos en grupos hacia el gran portal del edificio burocrático llegó.
Cada cinco minutos un grupo era trasladado a la ciudad subterránea, entre ellos mis pequeñas. Ampliamos los días, debía vigilar los traslados, cuando llegó mi turno me dirigí al ascensor. Descubrí en el pasillo a una multitud de hombres de negro registrando cada puerta, rincones y despachos.
El joven encargado de nuestra seguridad ascendió hasta el último piso y cambiamos de ascensor, el peligro quedó atrás.
Recorrí las calles subterráneas, con el corazón atenazado por el dolor, no conocía el destino de mi familia ni había sido informada del éxito de la evacuación. Me dirigí al centro de acogida y allí mis hijitas me tendieron sus lindos bracitos.
Sentí sus cálidos cuerpecitos contra mi pecho y egoístamente, me inundó la dicha, a pesar del peligro que se cernía sobre tantos niños como los míos.
Los días transcurrieron observando a mis pequeñas jugueteando con compañeros de su edad colaborando en la estructuración de nuestra sociedad, la confianza, la cooperación, el esfuerzo que cada uno de nosotros aportábamos a la comunidad me mostraba el acierto de mi involucración.
Me tomo un descanso y paseo alrededor del lago cuando el joven apuesto del elevador me alcanza. -. Debo hablar contigo, tengo noticias, aunque no has demandado mis servicios, me informe sobre ti y conocía la situación de tu esposo. -. He investigado, él ha sido elegido para ser evacuado hacia las estaciones espaciales. El sistema ha detectado nuestra fuga masiva y nos buscan debemos sellar todas las puertas de acceso a nuestros refugio, esperaremos tres días. Tú como genetista reputada, también te encuentras en las listas, puedes reunirte con tu esposo si es tu deseo, el resto de la familia no consta, ellos deberían estar entre los que serán infectados.
Es una decisión dolorosa, hemos contactado con él a través de compañeros que también serán enviados, la lucha continuará en todos los frentes. Desconocemos el tiempo que debemos permanecer bajo tierra, años quizás hasta que la atmósfera vuelva a ser respirable.
Te dejo pensar y en dos días me respondes, si decides partir serás transportado a la superficie, aunque aquí también necesitamos profesionales como tú, respetamos las decisiones personales.
¿ Cómo podía elegir entre mi amado esposo y mis niñas?. Con el alma dividida, gritaba y lloraba, y me consolaba al mirar sus risueñas caritas, Rota pensaba en los que perderían sus vidas y la de sus hijos, debía sentirme afortunada y decidí quedarme.
El joven que ya poseía un nombre Aris, me recibió ocultando su alegría y me pidió colaboración estrecha para velar por nuestra nueva estructura social.
Blindamos las entradas, el agua subterránea nos proveía de vida y comencé un periodo por las distintas ciudades cooperando con los científicos. La tierra nos proporcionaba los minerales necesarios y las plantaciones nos alimentaban. Mis hijas me acompañaban y recibían esmerada educación allí donde me trasladaban, verlas crecer, seguras y alegres compensaba mi dolor por la pérdida.
Y tras mucho tiempo ya no me necesitaron tenían sus propios grupos familiares.
Aris me comunicó que podíamos ascender a la superficie, contaban con nuestra gran experiencia en nuestras materias y seríamos los primeros, junto a otros muchos, en comprobar si la tierra era segura y qué había pasado con sus habitantes.
Era el período aproximado que las élites habían calculado para su retorno y debíamos adelantarnos para impedir que siguieran subyugando a la población.
Al volver a mi ciudad comprobé el retroceso en el tiempo, barbarie, demolición, miseria.
Buscamos restos de población organizada y ofrecimos nuestra cooperación creando redes amplias de información.
El arduo trabajo ante la esperanza de una vida mejorada sobre nuestra maltrecha y adorada tierra, nos proporcionó la energía que tanto necesitábamos.
Oíamos carcajadas sonoras, cantos olvidados y muestras de amistad perdidas, así transcurrieron los meses hasta que vislumbramos las temidas naves, aunque personalmente me alegraba, una llamita de esperanza iluminaba mi existencia.
¿Ocuparía mi amor un lugar en aquellas cápsulas?. ¿Me reconocería después de tantos años?.
Los hangares a donde se dirigirían los ocupantes del primer transbordador formaban ya parte de nuestra red tecnológica, Cuando aterrizaban una pequeña comisión, salió a recibirles.
Abrieron sus trajes espaciales y pudimos observar con espanto unos cuerpos disminuidos con articulaciones hiperlaxas que no sujetaban el peso de sus extremidades , rostros cianóticos con negras ojeras y miradas vítreas, vacias, nos anunciaron la llegada de los poderosos en las últimas cápsulas espaciales.
La vida en el espacio y la falta de gravedad les había debilitado, pero continuaban ejerciendo el mando con despotismo y esperaban ocupar otra vez su lugar de dominio en la tierra.
Avisamos a nuestras redes mundiales de su llegada y nos preparamos para impedir el despotismo conocido y lo conseguimos, nuestra nueva formación consensuaba normas, velaba por los derechos y deberes de la población y vigilaba con rigor a los vagos e intolerantes, perdimos el miedo, nuestra convicción se transformó en una fuerza pacifica frente al agresor.
Mi cónyuge no desembarco, con la ayuda de mi querido Aris recabamos información sin resultados.
Mi labor de reconstrucción me aportaba satisfacción, ocupaba un lugar de responsabilidad en el nuevo sistema y seguía viajando para velar por nuestra organización. Mis hijas con sus familias me visitaban, nos reuniamos cuando nuestras responsabilidades nos lo permitían.
Ellas ya no recordaban a su padre, aunque procuraba incluirlo en nuestras conversaciones. Estábamos en el porche de mi vivienda alegremente iluminada, el fresco del atardecer, el olor de las flores primaverales, el cielo estrellado, las comidas sobre la mesa que todos preparábamos con ilusión. Alguien llama y Aritz entra.
-. Eres bienvenido, querido amigo, pero ¿Cómo diablos has adivinado el día de nuestra reunión? -. ¿Te sentías abandonado sin nuestra presencia?.
Todos estallamos en carcajadas. -, pues sí, dónde iba a estar mejor que con mi segunda familia, pero os alegraréis al saber que tengo noticias de Rodrigo, vuestro progenitor y tu querido esposo. Al parecer, volvió en las primeras incursiones de reconocimiento, Desconocemos su ubicación actual, cuento con vosotros para comenzar una búsqueda activa.
Un año después, toda la familia se congregó ante el hospital recién inaugurado donde internaban a la población más debilitada. Mi corazón desbocado me ahogaba, nos señalaron el número de la puerta.
Encogida, traspase el recibidor, reconocí aquellos ojos chispeantes en aquel cuerpo envejecido con cabellos grises. Nos fundimos en un abrazo sin fin ante el asombro de nuestras hijas.
Sus lágrimas bañaban mi rostro, nos había buscado a pesar de su enfermedad. Caminaba con ayuda de unas prótesis.
Sin ayuda médica durante años padeciendo dolores atroces sin encontrar registro de nuestra existencia, creyó que habíamos perecido, como tantas víctimas de la epidemia.
Fue nuestra organización quien le trasladó al hospital y hasta este momento no poseía noticias nuestras.
Me abrazaba, tomaba a sus hijas de las manos, nos hablaba con gran dificultad debido a su deterioro físico, solo su bella mirada transmitía la profunda dicha que le embargaba.
Nunca llegó a caminar, necesitaba ayuda, sus compañeros de viaje y trabajo personas estimadas, habían fallecido con finales atroces y desesperantes. Solo la esperanza de encontrarnos alimentó su deseo de vida. Los dirigentes fueron encarcelados y tratados sanitariamente. Debiamos aprender de lo sucedido para que nunca se volviera a repetir.
ISABEL:
No he conocido a nadie solo malo y criminal, por suerte.
Podría inventarme un personaje así, pero ya tenemos suficientes en las noticias que nos cuentan cada día.
Voy a mostraros la historia de Rosario y Carlos que estuvieron casados muchos años por la Iglesia, que era como se hacía entonces, y que se separaron por lo Civil.
Dos fiestas tan distintas y distantes: veo la primera alegre, familiar y llena de ilusión con un futuro prometedor, la segunda es un trámite burocrático, frío y liberador. Después del breve trámite, Carlos quiere invitar a Rosario a tomar un café para poder hablar, pero a lo único que acierta, es a derramarse el café por el pantalón, lo que provoca una sonrisita en los labios de Rosario, en unos momentos tan tristes para ella.
Rosario sigue su vida en otro lugar, sin juzgar lo que ha vivido y sin saber lo que le espera si cumple su deseo ya que ahora, después de muchos años, desea volver con Carlos, el padre de sus hijos, con el que mantiene una buena relación en la distancia y algún encuentro familiar.
Rosario tiene ahora autonomía y un nuevo reto, ella cree que los dos tenían algo que aprender y ha decidido afrontar con buen ánimo el nuevo reto.
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