Viernes, 5 de noviembre 2021
Nuestra primera sesión del taller de escritura empieza con un fundamento esencial de la narración: La descripción. Tener herramientas para dibujar una imagen de la realidad con la atmósfera que queremos transmitir es esencial para que el lector se sumerja en la historia y disfrute del viaje.
Descripción: ilustrar con palabras
En narrativa, descripción será cualquier cosa que cree una imagen en la mente del lector. Si las descripciones son lo suficientemente buenas, el lector se olvidará de la lluvia tras su ventana, del hecho de que su silla es un poco incómoda, de que se ha retrasado en el pago de la renta. El lector se verá arrastrado por las palabras, creyéndose cada instante de la historia, como si fuera un sueño o una película, o como si realmente estuviera ocurriendo.
Escribes y lees con el cerebro pero la vida la vives a través de tu cuerpo. Hace falta tu parte física para transmitir esa experiencia. Para llevar a un lector hasta tu mundo ficticio necesitas ofrecerle datos para todos los sentidos. Querrás que tus lectores vean la sombra del arco iris, que prueben la amargura de una sopa mala, que sientan la aspereza de la piel sin afeitar, que huelan la pizza descompuesta después de una fiesta que ha durado toda la noche, que oigan el frenazo de las ruedas durante el accidente. Te habrás dado cuenta de que he hecho referencia a los cinco sentidos. No caigas en la tentación de centrarte solo en la vista, como hacen muchos escritores noveles
En la preciosa novela de Anna Quindlen, Huida imposible, la protagonista —una mujer que huye de su maltratador— conoce a su primera amiga en un pueblo de las afueras de Florida:
Vestía pantalones cortos de lino rosa y una blusa a juego, gafas de sol blancas y esmalte de uñas rosado. Sonaba como una actriz que estuviera interpretando a Blanche Du Bois embutida en un uniforme de verano y parecía y olía como si se hubiese estado preparando para esa mañana con tanto cuidado como me preparé yo la mañana en que me casé. Un acento del sur y Diorissimo, o algo que olía a un perfume muy parecido.
Sin embargo, tus descripciones no se pueden limitar a ofrecer solo detalles sensoriales; los detalles deben ser precisos. El efecto acumulado de los detalles sensoriales específicos produce verosimilitud. La sensación de que esos acontecimientos realmente han ocurrido.
Además, la precisión previene una especie de pereza del escritor.
«Era una bella rubia». Es una descripción tan vaga e imprecisa que no aporta ninguna imagen concreta y da la sensación de que fue escrita sin suficiente esfuerzo.
Intenta añadir detalles específicos sobre esa belleza rubia, algo como:
Su nariz estaba ligeramente rociada de pecas de una tonalidad tan suave como la de la piel que había bajo ellas.
Pinta un cuadro con tus palabras. Por ejemplo, Jeannette Winterson ofrece esta dramática descripción en su novela La pasión, una fábula sobre la Venecia del siglo XVIII:
También hay exilados. Hombres y mujeres sacados de sus palacios resplandecientes que con tanta elegancia se abren a los brillantes canales.
Suena poderoso, con adjetivos como «resplandecientes» y «brillantes» que sugieren el glamour que se ha perdido. Pero no estamos en el cuadro hasta que la autora continúa diciéndonos:
Una mujer que mantenía una flota de barcas y una ristra de gatos y que comerciaba con especias, está aquí en este instante, en la ciudad callada. No sé cuántos años puede tener, se le ha teñido el cabello del verde del cieno que se desprende de los muros del rincón donde vive. Se alimenta de la materia vegetal que se engancha a las paredes cuando la marea está perezosa. Carece de dientes. No los necesita. Sigue vistiendo las cortinas que arrancó de la ventana de su sala de estar cuando se marchó.
Las descripciones específicas y precisas también dan mayor verosimilitud a los lugares inventados. Si, por ejemplo, uno de tus personajes conduce un coche, dinos de qué marca o tipo es. Earl, el ladrón de coches en Rock Spring de Richard Ford, conduce un Mercedes color arándano amargo. No solo podemos imaginarnos ese coche en particular, sino que eso también nos dice algo sobre los gustos que tiene Earl cuando roba coches. Piensa en ti mismo como si fueras un coleccionista de sensaciones, de objetos, de nombres. Especialmente de nombres.
TU TURNO: Piensa en algún lugar de tu juventud que conozcas bien, una calle, un parque, una escuela… Escribe un pasaje en el que describas ese lugar con gran detalle. ¿De qué color eran los ladrillos? ¿El tobogán era recto o curvo? ¿A qué distancia estaba el estanque de la casa? Si no puedes recordar detalles clave, rellénalos con tu imaginación. Si quieres conseguir puntos extra, haz lo mismo sobre una persona que conozcas de ese lugar
Las mejores palabras Volvamos a esta línea de La pasión: Una mujer que mantenía una flota de barcas y una ristra de gatos y que comerciaba con especias está aquí en este instante, en su ciudad callada. Todo en esta frase es bastante directo excepto el fragmento de «una ristra de gatos». ¿Por qué eligió la autora una ristra? Podría haber escogido cualquiera de entre otras muchas palabras: «colección», «grupo», «familia», «manada», «camada», «conjunto», «círculo», por mencionar solo unas pocas. Pero está claro que sentía que la palabra «ristra» tenía un significado especial que la hacía encajar. Tal vez le gustaba el sentido de que los gatos iban en fila india o que estaban de alguna manera atados a esta mujer. Independientemente de si la autora encontró de inmediato esta palabra o le dedicó medio día de preocupaciones, la palabra «ristra» provoca un impacto fuerte y específico
Cuida los adjetivos y los adverbios. Ten en cuenta que, igual que las sirenas, te pueden atraer hacia las aguas peligrosas de las descripciones sin calidad. Hay muchas personas que al pensar en descripciones solo piensan en adjetivos y adverbios.
Como sabes, los adjetivos describen a los sustantivos, como en «su cabello claro», y los adverbios describen a los verbos, como «caminaba ligera». La verdad es que los adjetivos y los adverbios pueden ser palabras muy perezosas. Te engañan haciéndote pensar que están haciendo su trabajo cuando realmente no están haciendo gran cosa.
Por ejemplo, los «intensos ojos grises». Ahí tienes dos adjetivos que pretenden describir esos ojos. Pero no consiguen demasiado, un atisbo de sentidos, un atisbo de precisión, pero nada que dé vida a esos ojos ni a su dueño.
Analiza este pasaje de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. Empieza una de las famosas fiestas de Gatsby:
De pronto, una de esas gitanas en tembloroso ópalo aferra un cóctel de la nada, lo vacía para envalentonarse y moviendo las manos como Frisco baila sola sobre la plataforma de lona.
Analiza esta frase cuidadosamente. Solo incluye dos adjetivos (tres, si cuentas «sola») pero sus sustantivos y verbos provocan el máximo impacto. No es una «mujer» sino «una de esas gitanas», no «coge» sino que lo «aferra». Observa con cuánta fuerza los sintagmas verbales alivian la necesidad de contar con modificadores como en «lo vacía para envalentonarse» y «moviendo las manos como Frisco». (Esta última frase se refiere a un bailarín de jazz de los años veinte).
Como ya hemos comentado, los verbos potentes pueden incluso aliviar la necesidad de usar adverbios. Por ejemplo, se puede cambiar de manera eficaz «ella caminaba ligera» por «ella se deslizaba» o «ella flotaba», y cada nueva versión es más evocadora que la que se apoya en el adverbio.
Observa este ejemplo de El dios de las pequeñas cosas de Arundhati Roy:
A principios de junio el monzón del sudoeste irrumpe y hay tres meses de viento y agua con breves lapsos de sol afilado y brillante que los niños, emocionados, atrapan para jugar. El campo se tiñe de un verde inmodesto. Las fronteras se enturbian mientras las vallas de tapioca echan raíces y florecen. Los muros de ladrillo se visten de verde musgo. Los pimientos trepadores se arrastran por los postes eléctricos. Las enredaderas salvajes estallan en las orillas de la arena ocre y se desparraman sobre las carreteras inundadas. Los barcos surcan los bazares. Y pequeños peces aparecen en los charcos que llenan los baches de las obras públicas en las autopistas.
Observa lo vibrante que resulta este lugar a través de verbos tales como: irrumpe, atrapan, enturbian, echan raíces, florecen, arrastran, estallan, se desparraman, surcan. No hacen falta adverbios. Aunque también aparecen algunos adjetivos salpicados aquí y allá, siempre están unidos a un sustantivo potente que no queda apagado por ellos.
No te estoy diciendo que evites los adjetivos y los adverbios en su totalidad. Pero céntrate primero en los mejores sustantivos y verbos posibles y busca los modificadores que mejoren esas palabras añadiendo toques sutiles a sus cimientos.
TU TURNO: Elige una persona que conozcas. Cámbiale el nombre por uno de ficción para que puedas permitirte alterar otras características, si así lo deseas. Y ahora describe a esa persona lo más vívidamente que puedas. He aquí el desafío: no puedes utilizar ni un solo adjetivo o adverbio. Eso te obligará a echar mano de sustantivos y verbos potentes y a emplear alguna otra técnica que hayas podido aprender en este capítulo. Aunque sea un gran reto, es probable que acabes con una imagen muy bien dibujada de esa persona
Extracto de “Escribir Ficción” de Gotham Writers Workshop
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ESCRITOS:
Los ejercicios debían integrar uno o dos de los ejercicios propuestos más arriba. Es decir, se trataba de escribir un relato autobiográfico en el que se describe con la mayor precisión un lugar conocido y/o describir a una persona conocida sin usar adjetivos ni adverbios.
La calle de mi infancia, por Conchi
No se porque la memoria nos falla y no nos acordamos de lo que hicimos ayer. En cambio, hay recuerdos que, aunque tempranos en la edad, se sedimentan y nunca se olvidan.
Como si estuviera viendo una foto de la época, veo mi calle, en Francia, donde viví catorce años.
Es una calle sin salida “Impasse Emile Zola”. Es una amalgama de casitas, edificadas sin planificación, tal como se iban instalando los propietarios. Corrían los años 60.
Está a las afueras de la ciudad. Éramos todos emigrantes. Pero en la mitad de la calle, como si de un lunar en la nariz se tratara, había una casita muy moderna donde vivía Claudine, hija de los franceses, era amiga de mi hermana y mía.
Entramos en la calle. A la derecha, la primera casa esta edificada sobre unos enormes pilotes, para evitar la humedad. Era zona de marismas y corrían riachuelos por detrás de la calle. Ahí vivía la polaca, una señora mayor que tenia que subir muchos peldaños de una escalera exterior para llegar a ella.
A la izquierda una enorme parcela con árboles frutales: manzanos, perales, albaricoqueros… Conocíamos a los alemanes que vivían allí. Eran muy ambles y si se lo pedíamos nos daban fruta, pero éramos unos gamberros y preferíamos, desafiar a la suerte y entrar a pedir prestado y salir corriendo.
Ahora, llegamos a la casita del alemán, un hombre solitario, casi un ermitaño, vivía de sus cultivos en el huerto. No tenía valla, y siempre tenía la puerta abierta para dejarnos entrar y darnos golosinas, le gustaba nuestras visitas y en las tardes de invierno que hacía frio, nos contaba anécdotas de su país natal.
Pasamos por delante de la casa de Claudine y ya se huelen las lilas. Una parcela enorme que solo olíamos la fragancia de las lilas. Nunca supe quien vivía allí.
Llegamos al” patio de los portugueses”. Un patio muy alegre, niños correteando, mamas chillando a sus hijos, casitas todas iguales, Nos conocíamos todos y podíamos entrar en el patio y jugar con los niños.
Pasamos de refilón las casas de los argelinos. Tres hombres sentados a cuclillas delante de sus casas, con la chilaba tapándoles las piernas, como estatuas. Intentamos pasar de prisa, sin correr, pero sin mirarlos.
A continuación, la casa de la italiana. Mi preferida.
Y ya llegamos a mi casa. Una casa bajita con tres escalones. Con un jardín lleno de flores que cuida mi madre y detrás un huerto donde mi padre cultiva de todo. Con gallinas, conejos, palomas, ocas.
Mas adelante hay otro patio de españoles de Madrid y mas adelante otro patio de los maños. Ya son casitas más nuevas y mejor construidas.
Pero volvamos a Mama Rosa, mi preferida, la estrella de la calle.
Mama Rosa vive en una casita de madera como las del Pirineo. Es siciliana. Lleva un vestido y un delantal de flores. Una mujerona de metro ochenta que impone. Lleva un moño que tapa con una pañoleta que es como una bandera en las playas. Según el color, te da permiso para entrar o salir corriendo. Cambia de carácter según este el de su hijo,Gianni de diecinueve años con síndrome de Down. Un hombretón de metro ochenta que pesara unos noventa quilos que le da abrazos a su madre con una fuerza que no controla. Esto preocupaba mucho a mi madre que estando en casa, veía a Gianni, emparedar a su madre en el lateral de la casa contigua a la nuestra y yo veía a mi madre salir corriendo de casa a ayudar a Mama Rosa a quitarle a Gianni de encima.
Mama Rosa, agradecía a mi madre sus cuidados, invitándonos a los niños a comer, sus espaguetis y sus creps. Cocinaba como los ángeles, y aunque nos gustara mucho la comida de mi madre, estábamos deseando que nos llamara Mama Rosa. Nos amenizaba la comida con historias de su Sicilia natal y Gianni, un niño más como nosotros sonreía y escuchaba a su madre explicarnos historias con lágrimas en los ojos. Supe por mi madre que Gianni murió a los pocos años de venirme a España. Y que Mama Rosa se volvió a su tierra.
Todos son recuerdos, pero nunca lo olvidare. Me aleccionaron en la tolerancia, el respeto, la gratitud hacia los demás. Cuando vives entre tantas personas diferentes, con sus historias, sus culturas aprendes todas estas lecciones de la vida.
Duelo, por Eladia
Una tarde de mayo azotada por el viento, la degustación de arroz y el espectáculo marino presagiaban un idílico momento.
Las conversaciones de las tres mujeres eran interrumpidas por las de sus maridos. Se esfuerzan por normalizar el encuentro y apartar el dolor de aquellos últimos meses con un parloteo continuo, la paleta de colores del paisaje playero, la música de habaneras, la calma del fin de semana y la alegría de las gentes en las mesas mitiga la tristeza de la tragedia que se oculta en la vida de aquella mujer que todos incluso su marido intentan arropar con los recursos a su alcance.
Ella viviendo entre el ayer de sus hijos vivos y el hoy de su desesperación, preguntando al vacío, ¿Por qué? La vida la torturaba con tanta crueldad.
¿Qué hemos hecho? Preguntas sin respuesta.
¿Es necesario hacer algo? ¿Es una puñetera casualidad? ¿Existe alguna razón que justifique arrebatar a una madre el fruto de su ser?
Desmembrada, hecha jirones hasta la última fibra de su organismo en dos ocasiones separadas por un periodo breve de tiempo. Cuando aún sus heridas sangran, la cicatriz vuelve a fluir.
¿Es posible soportar tanta amargura? ¿Tiene límite el dolor? Se repiten los mismos interrogantes una y otra vez. Quiero responder, ofrecer consuelo para que esa llamita no se extinga, para que pueda vivir a plena luz.
Se esfuerza por regalarnos la amabilidad de su sonrisa, el diálogo ameno, las bromitas forzadas, el halago, el consejo justo con una vocecita inaudible.
Desprende elegancia a esta edad tardía en la que la experiencia con su sabiduría nos rodea de seguridad. Está siempre en el lugar adecuado viste acorde a su personalidad sin destacar en el atuendo, con sobriedad.
Su rostro refleja la benevolencia, la armonía, rasgos dignos de admirar.
Su marido la observa con orgullo, querida por sus amigos, no se enfada, no grita, habla despacito con dulzura, desprende serenidad.
Ahora esta estabilidad se rompe por llantos reprimidos y ahogados. ¡Protesta! ¡No quiero, no puedo! ¿Por qué tengo que resignarme?
Y el corazón se desgarra al escuchar sus lamentos, me siento impotente, le transmito el calor con mis abrazos, tomo sus manos, le limpio las lágrimas, la beso.
Un lazo de afecto que crece y se fortalece nos une, es mi cuñada, mi amiga del alma, me ha ayudado en múltiples ocasiones, descargaba mis angustias y ella me devolvía el reflejo de mis problemas atenuados a veces solucionados. Su empatía me envolvía, me sosegaba.
Hace un año que un loco apuñaló a su hijo. Un trabajador de su fábrica familiar al que habían despedido por agresivo después de diez años le espera en la puerta de la empresa y lo asesina dejando tres niños pequeños, una viuda joven y una familia que jamás será la misma.
Esto solo sucede en los libros, novela negra, guiones cinematográficos, en otros lugares a otras personas, pero la tragedia se había cebado en ese núcleo. Su otro hijo falleció en un accidente de moto y estuvo una noche perdido hasta que un vecino encontró el cadáver.
Una pesadilla repetida, un horror continuado.
Nos reunimos cada semana, lloramos, reímos, restituimos la esencia de esta mujer que continua amando a su marido, protegiendo a sus hijos, jugando como una niña más con sus nietos.
Quisiera apaciguar el dolor de sus entrañas, lograr un ungüento mágico para sus heridas, comparto con ella este duelo, recogiendo sus quejas le ofrezco mis abrazos para que pueda descargar su dolor, aquietar sus temblores, me coloco en ese lugar de madre que ha perdido parte de su yo, buscando consuelo sin hallarlo y agradezco a la vida por situar en mi camino a una persona valiente que pese a las desgracias nos dulcifica el viaje.
Carta a una amiga, por Encarna
Frölein Yolanda Pérez García
Rómersstrase, s,n.
Kôln - Nippes
Deutschland
Hola amiga Yolanda,
He encontrado un hueco en mi agenda de trabajo y aprovecho para contestar tu carta.
Para mi ha sido una sorpresa recibir noticias tuyas después de varios meses sin saber de ti, y por
otro lado me ha causado tristeza leer lo que me cuentas de tu estancia en el hospital a causa del
accidente de coche que te ha obligado a permanecer varias semanas aislada del mundo. Me
tranquiliza saber que ya estás recuperándote y comprobar que no has perdido tu sentido del
humor, por la manera que describes lo ocurrido y posterior estancia en el hospital, afirmando con
optimismo queno tardarás en estar recuperada y lista para continuar tu vida del día a día,
disfrutando minuto a minuto.
Yo en mi vida personal estoy pasando la “crisis de los 40”. Te relataré lo último que me ha
sucedido a causa de esta crisis de autoestima: buscando por Internet en una de esas páginas de
contactos para buscar pareja vi la foto y perfil de un hombre que me cautivó. El perfil decía: - Mi
nombre es José, soy periodista corresponsal en la guerra del Líbano, quiero mantener relaciones
de amistad con mujer de edad entre 30 a 40 años, sin compromiso conyugal para poder compartir
nuestras carencias de tipo afectivo.
Amiga Yolanda, si tú hubieses visto la foto y perfil de “José“ te aseguro que me habrías animado
para que le pidiera amistad... Yo, sin pensarlo dos veces, le solicité amistad. Su respuesta
afirmativa fue inmediata; a partir de ese momento mi vida dejó de ser monótona para vivir en un
mundo lleno de emoción, compartiendo virtualmente sus aventuras de corresponsal y muchas
confidencias de tipo personal, creándose entre nosotros un vínculo de relación que podría
describir como afectivo, utilizando un lenguaje lleno de desenfreno que hacía que deseáramos el
encuentro físico para poder fundirnos en un abrazo de pasión sin límite.
“José” me envió un mail que me preocupó, y de no ser porque estaba en un país en guerra yo
hubiese cogido un avión para estar con él. Me decía que había sufrido un accidente y estaba
hospitalizado, y allí los médicos no tenían recursos para operarlo por lo que tendrían que llevarlo a
otra ciudad donde el hospital era privado y la operación costaría 3000 euros, pero él no disponía
de ese dinero y no se atrevía a pedírselo a su familia porque, aunque eran gente de recursos
económicos, ellos pensaban que estaba viajando por Europa y les causaría un disgusto saber la
verdad.
Para no extenderme en esta carta te cuento el desenlace de esta aventura que me ha dejado sin
3000 euros y sin ganas de volver a utilizar las redes sociales para ligar...
Hace unos días estaba con una amiga comentando mi aventura con el corresponsal de guerra
español y le mostré la foto del hombre que había hecho durante unos meses que la crisis de los
40 no estuviera presente en mi vida. Cual fue mi sorpresa cuando ella me mostró el historial del
susodicho, que ella había desenmascarado y que resultó ser un individuo de un pueblo de Coruña
que, haciéndose pasar por el verdadero corresponsal de guerra de nacionalidad inglesa, mantenía
correspondencia por Internet con varias mujeres a la vez para sacarles el dinero de la misma
forma como lo había hecho conmigo.
Me quedé sin saber qué decir cuando mi amiga me contó que a ella también le había engañado,
hasta que hacia unos días vio un reportaje en televisión que hablaba de la guerra del Líbano
donde entrevistaban al que sí era el reportero inglés por el que se hacía pasar el tal “José” para
estafar a mujeres que se comportaban de la misma manera que me había comportado yo, con
ingenuidad y confianza.
Estimada Yolanda, un día de estos te volveré a escribir; hoy me despido de ti esperando con
ganas tu próxima carta y te deseo de todo corazón una total recuperación del accidente
Recibe un abrazo y besos de tu amiga.
Irene
Alicia, por Montse
Situación: llego agotada del trabajo y encuentro a mi hija de 3 años bailando en el comedor . Me llena de energía.
Hallo a Alicia cinco años antes de sumergirse en el “País de las Maravillas”, con ropaje de Blanca Nieves y calzado de Campanilla. Personificación de la alegría en tres palmos de vida que voltea, brinca y vira; un terremoto en la casa que sacude el cansancio, expulsa el sueño; deja vigilias , algazara y algarabía. Por su sacudida de Valdivia tiemblan las vigas. Vesubio que esparce rosas y retira incienso. Viento de marzo que impregna el alma de sal marina.

Un día en la piscina, por Juliana
Era uno de esos días alegres del comienzo del verano. Iniciamos la temporada estival con una visita a la piscina municipal. La comparsa estaba compuesta por tres miembros: Yo, la madre, es decir, la que cargaba con la bolsa de las toallas, la bolsa de los juguetes y la bolsa de la merienda, mientras que mis dos hijos, Adrián de 12 años y Estela de 7, iban con las manos llenas, entiéndase, con un flotador en una mano y unas gafas de piscina en otra.
Al entrar, se veía una panorámica de las dos piscinas: una rectangular de tamaño olímpico y otra ovalada de menor tamaño y profundidad. Al lado izquierdo, había una gran extensión de hierba a la sombra de unos cuantos árboles de ancha copa, debajo de los cuáles se encontraban algunas familias diseminadas a distancias prudenciales. Después de localizar un espacio que me permitiera vigilar la piscina desde un lugar estratégico, descargamos las bolsas y los niños sin una pausa, se lanzaron en bomba a la piscina pequeña que es donde tenían permiso para acudir solos.
Me tumbé en la toalla, acolchada por la grama, con un ojo abierto y el otro cerrado, sintiendo como los músculos se iban relajando progresivamente bajo el calor de los rayos del sol. La temperatura ambiente aún era algo fresca en la sombra y el sol era como una caricia sobre la piel.
Pasée mi mirada por el cielo azul cruzado por las estelas de los aviones, y otros navegantes de dos alas, principalmente palomas y tordos.
A la izquierda se mecía indolente un sauce llorón jugando con las luces y las sombras como un mago lanzando destellos alrededor.
En línea con mi campo de visión, antes de alcanzar las líneas rectas de la piscina, se extendía una gran mancha morada creada por las flores violáceas de una jacaranda. Cuando mi mirada se posó en ella, descubrí la ferviente actividad a su alrededor, al menos una veintena de abejas zumbaban de una flor a otra. Los profundos azules de las flores se tornaban casi rosados a contraluz, destacando las oscuras alas de las mariposas que revoloteaban alrededor. Bajé la mirada para descubrir que una hilera de hormigas subía y bajaba como un ascensor del tronco del árbol. Una libélula se paró frente a mí un instante, mostrando su esbelto cuerpo tornasolado, antes de desaparecer con un leve zumbido
Un mundo dentro un mundo dentro de otro mundo en los que la mayoría de las veces, nos ignoramos educadamente -pensé sorprendida.
Mi hija, Estela, cabalgó hacia mí, proyectando gotas de agua que helaron mi piel al instante.
-!Quiero ir a la piscina grande!!!- gritó mientras se ponía las gafas de bucear como diadema.
Miré esperanzada a mi hijo mayor, pero vi que había encontrado a sus amigos y que estaría poco dispuesto a dejarlos para ir con su hermana pequeña.
Con un disimulado suspiro y fugaz pensamiento de mártir, me incorporé y la cogí de la mano para ir a la piscina grande. No hacía mucho que Estela podía nadar con la soltura suficiente como para estar sin ningún tipo de apoyo en la piscina. Eso era otro nivel. Era de mayores, y estaba deseando ejercitar ese nuevo superpoder.
Me zambullí en el agua, notando con dulce dolor el contraste del agua fría sobre mi piel caliente. Y sin sacar la cabeza del agua la alcancé por las pantorrillas. Estela chilló y pataleó con una sorpresa exagerada. En la piscina pequeña se arremolinaban varios grupos de niños, pero la piscina grande era prácticamente para nosotros. Los juegos a los que jugábamos eran más o menos siempre los mismos y se sucedían uno tras otro: primero una carrera a lo largo de la piscina, en la que debía contar hasta diez para dejarle ventaja, y en la que perdía un tiempo precioso volviendo la cabeza para asegurarse que contaba y que no hacía trampas. Luego tocaba jugar a adivinar el animal que el otro imitaba bajo el agua.
-Mira, mama, mira mama, ¿Qué soy? me decía con la cabeza más fuera que dentro del agua, moviendo espasmódicamente los brazos y las piernas en todas direcciones.
Se me ensanchaba el corazón viéndola tan concentrada en su actuación.
-Un pulpo.
-Siiii...te toca…
Me sumergí bajo el agua hinchando las mejillas con aire para coger la apariencia de un pez globo cuando noté una mano empujando con fuerza mi cabeza bajo el agua. Me sorprendió la firmeza y la fuerza del agarre de la mano de una niña de siete años. Miré hacía arriba y percibí que estaba exultante, había conseguido tomarme por sorpresa y estaba disfrutando de su triunfo. Relajé ligeramente el cuerpo, conteniendo la respiración y dejé pasar unos segundos. Cuando noté la presión del aire que quería salir de los pulmones, me moví hacia arriba, indicando que tocaba salir ya, a pesar de lo cual Estela no aflojó el agarre. Moví mis brazos y piernas con fuerza para impulsarse hacia arriba pero no sirvió de nada. Busqué en el entorno viscoso algo a lo que agarrarme, algo que hiciera de asidero, de palanca o de soporte, sin suerte. Medí mentalmente la distancia a la que me hallaba del borde, aunque estaba en pleno medio de la piscina. Intentando controlar el pánico que acompañaba la creciente quemazón en mis pulmones, ví la imagen distorsionada por el agua de mi hija riendo, viendo como me agitaba bajo su presa. Intenté escabullirme hacía un lado, aún así no me soltaba.
Me pareció increíble no encontrar una solución a aquella situación tan absurda. Estábamos jugando y cada vez tenía más conciencia de que me estaba ahogando rodeada de gente y sin poder hacer nada. Los ojos, la garganta y los pulmones me quemaban. Resistiendo la necesidad de tragar aunque fuera agua y en contra de mis instintos, empujé en lugar de hacia arriba, hacia el fondo, con la esperanza de que al sentir que se hundía conmigo, me soltara. En cuanto noté que relajaba la presión, me propulsé hacia arriba, sin poder evitar inspirar agua antes de tener la cabeza completamente fuera. Tosí el agua que había tragado y ésta salió provocando náuseas por su paso abrupto en el esofago. Con el corazón martillando, me dirigí hacia la escalera y me agarré al frío metal como a un salvavidas. Miré a mi alrededor con los ojos llorosos y doloridos pero nada se había movido, apenas habían pasado unos minutos. Apenas un latido fallido del tiempo.
Miré a mi hija que permanecía serena, sin consciencia de lo que acababa de ocurrir. La miré como si la viera por primera vez. Una niña fluyendo a medio camino entre la imaginación y la realidad. Una niña moviéndose entre los sueños de lo que quería ser y lo que sus pies andarían. Me miró a los ojos sin verme y agradecí que una brusca pesadilla no la despertara a la realidad.
Salí del agua con los ojos llorosos y miré al cielo, unas nubes grises habían tapado el sol y el viento traía aires de lluvia.
Era tiempo de irse.
El Campo Grande de Valladolid, por Isabel
Hace unas días he visitado a mis hermanas en Valladolid.
Cada vez que voy, aprovecho para recorrer a pie la ciudad, lo que evoca en mí infinidad de recuerdos de cuando era niña.
Porque fue en Valladolid donde nací, crecí, y jugué al aire libre como se hacia en aquellos tiempos.
Solo tenía que cruzar la calle para llegar al Campo Grande, el paseo central era el escenario de mis juegos infantiles, y en los bancos laterales se sentaban las mamás y las cuidadoras de los niños, lo recuerdo como algo entrañable.
Cuando podía iba al parque con mis hermanas y con otras niñas del colegio, jugábamos al corro y cantábamos infinidad de canciones que todavía resuenan en mi recuerdo, también saltábamos a la comba, cantando otras canciones, como esa que dice:
"Al pasar la barca,
me dijo el barquero,
la niñas bonitas,
no pagan dinero".
Recuerdo al Catarro, un hombre que con su barca llevaba a los niños a navegar por el estanque del Campo Grande, mientras contaba historias de un monstruo que se escondía detrás de unos árboles grandes, que eran la selva del lago. Las aguas verdosas del estanque, al pasar la barca, se convertían en oleaje, lo que provocaba gritos de los niños y advertencias del capitán.
El Catarro trabajaba en el embarcadero del rio Pisuerga, quizá de ahí le venía el nombre y su voz ronca, conocía al dedillo todos los peligros y remolinos del río, había salvado a más de uno de morir ahogado, incluso a los que no querían que los salvaran, él lo hacia y su humanidad les devolvía a la vida.
En el estanque hay una placa conmemorativa que recuerda al Catarro.
Marc, por Amparo
Marc parecía un abuelo que no transigía con la pereza, la
desidia, el comportamiento perturbador.
La rigurosidad que transpiraban sus gestos, sus células a
flor de piel, todo su ser, reclamaban la
atención de todos nosotros para la ejecución de las notas que acompasadamente
conformaban una canción.
Sabía transmitir su conocimiento de la música que había
aprendido en su casa aleccionado por su madre pianista y que le había llevado a
cantar en la escolanía de Montserrat, durante el tiempo en el que la voz era
blanca como les pasaba a sus compañeros también niños.
Su porte desprendía aromas a bergamota y vainilla,
fragancias que atraían, una personalidad con un carisma que arrollaba a su
paso. Sus trajes envolvían su cuerpo que se desmoronaba con el paso del tiempo
